Academia

Más allá del oro
El tesoro del legado indígena en la cultura e identidad caribeñas

Por Roberto Valcáncel Rojas, Jorge Ulloa Hungg y Daryelin Torres Rodríguez

Pendiente de oro indígena. Cuba

Batea usada actualmente para la búsqueda de oro en República Dominicana.

En el Caribe se considera al arqueólogo como un buscador de tesoros y al pasado como un universo repleto de oro arrebatado a los indígenas por los conquistadores, robado a estos por los piratas o escondido por algún rico hacendado antes de morir. El oro no tenía un gran valor entre las sociedades indígenas del Caribe, aunque ciertamente fue usado por estas y se intensificó al máximo su extracción con la conquista europea, especialmente por la necesidad de este metal en una Europa en pleno proceso de expansión mercantilista y de acumulación de capitales. Los indígenas preferían una aleación de oro y cobre, llamada guanín, que venía desde Colombia y cuyo valor se asociaba a lo lejano de su origen, a determinadas ideas mitológicas y a sus conceptos de sacralidad. Sin embargo, los indígenas nos legaron un tesoro mucho más valioso. Su contribución histórica, social y cultural a las actuales sociedades de la región es mucho más amplia e importante de lo que se reconoce, y constituye un legado invaluable. Este permanece ignorado en gran parte y en muchos sentidos se atribuye a otras raíces étnicas y culturales, porque pensamos que su desaparición fue tan rápida que no tuvieron tiempo de influir en el mundo colonial o en nuestro presente.

Los indios, expresión colonial de las antiguas sociedades asentadas en las Antillas Mayores, no desaparecieron, sino que se integraron de diversos modos y llegaron al presente desde un núcleo mestizo que en su mayoría perdió contacto o la conciencia sobre ese pasado. El mestizaje fue un canal para la permanencia del componente genético y cultural indígena. De él parten formas de identidad asociadas a estas comunidades, legitimadas por su vínculo con la tradición, la pertenencia al espacio y los nexos familiares.

Nuevas visiones sobre viejas historias

La búsqueda genética y antropológica, al igual que el estudio de las memorias personales y nuestras genealogías, pueden hallar la conexión con individuos que dejaron de existir, en gran parte porque se decretó su fin y se instauró el olvido histórico. En cierto momento dejaron de ser censados o se recogieron en la documentación oficial como blancos, pardos o mulatos. Por otro lado un mestizaje continuado cambió sus rasgos, pero no borró necesariamente su identidad y su legado. El proyecto de investigación internacional ERCSynergy NEXUS 1492 estudia los impactos de los encuentros coloniales en el Caribe, y el nexo de las primeras interacciones entre el Nuevo y el Viejo Mundo. Aborda la dinámica intercultural amerindiaeuropeaafricana en múltiples escalas temporales y espaciales a través de la brecha histórica de 1492, y enfrenta los diversos retos que supone el estudio del legado indígena en la región. Se trata de una investigación que integra especialistas de múltiples disciplinas científicas, países y universidades, liderados por un equipo de la Universidad de Leiden (Holanda). En el país, uno de los varios estudios que se realiza, dirigido por los autores de este artículo, arqueólogos Ulloa Hung y Valcárcel Rojas, analiza y compara la persistencia de las poblaciones y tradiciones indígenas en Cuba y República Dominicana.

La investigación integró además a la especialista Jana Pesoutova, y su evolución y avances hasta el momento se publican en la web nexus1492.eu. Entre sus resultados señala que en las Antillas Mayores, al ser liberados los indios de la esclavitud o de la obligación de trabajar para los españoles a través del sistema de encomiendas, el número de sobrevivientes fue mucho mayor al históricamente reconocido, y que en el entorno colonial estas poblaciones e individuos lograron sostenerse e integrarse de modo efectivo. Las evidencias se han hallado en archivos del Caribe y España, y a partir de resultados de la investigación en museos y del estudio etnográfico en diversas zonas de Cuba y de la República Dominicana.

Indígenas buscando oro. Grabado del libro de Gonzalo Fernández de Oviedo (siglo XVI).

Urge un cambio de enfoque

El legado indígena está integrado en nuestro universo, pero no persiste en forma pura. La presencia de descendientes de la población indígena que habitaba en las Antillas Mayores al momento del arribo europeo y de los que fueron movidos a estas islas de modo forzoso por los europeos, se observa históricamente (según los censos y otros registros coloniales) en Puerto Rico hasta el siglo XVIII, en La Española y Jamaica hasta el siglo XVII y en Cuba hasta el XIX. Esto no informa generalmente de poblaciones que quedaron aisladas, o de grupos mestizados que siguieron manteniendo un fuerte componente de identidad indígena.

En el caso de Cuba, a mediados del siglo XVI muchos de los sobrevivientes fueron concentrados en los llamados pueblos de indios (Guanabacoa, El Caney), que se convirtieron en reservorios de tradiciones y conocimientos indígenas.

Con la determinación oficial del fin de la “raza india” en el siglo XIX, se eliminaron los privilegios de que gozaban estos pueblos y se permitió que sus tierras fueran acaparadas por las oligarquías terratenientes. En algunos de estos pueblos como Jiguaní sin embargo, y en otras regiones de la isla (Yateras, Fray Benito), aún viven personas que se autoidentifican como indios. Individuos y comunidades que reivindican esta identidad también viven en Puerto Rico y República Dominicana, o en la diáspora de estas naciones en los Estados Unidos.

No puede negarse la realidad de la destrucción de las sociedades indígenas; la persistencia del indio y su impronta cultural no pueden usarse para minimizar las consecuencias terribles de la conquista y el colonialismo. Tampoco se puede magnificar arbitrariamente la supervivencia de indios o de comunidades que se autoreconocen como indios, o de su legado, y homogenizar este proceso en el Caribe.

Por otro lado, se precisa construir un diálogo y un vínculo con la sociedad para usar los resultados del trabajo académico que rescata y reconoce este legado, en función de un cambio de visiones y actitudes, con repercusión en un mejoramiento de nuestra realidad. Es indudable que el componente de base indígena no es lo definitorio en nuestros rasgos de identidad, no obstante, enfrentar el reto de recuperar su legado y con él la carga de memoria precolombina, es una tarea imprescindible para entendernos como sociedades y superar la manipulación colonial de nuestra historia. Es un acto que pasa por la acción de descolonización de nuestro pensamiento y de nuestras Ciencias Sociales, en particular la Historia, la Arqueología y la Antropología.

Como indican los trabajos en curso, potencialmente, gran parte de los conocimientos y del legado indígena, están inmersos en nuestra cultura con un estatus de anonimato fijado por la ignorancia o enmascarado por el mestizaje y la noción de lo criollo. Lo indígena, que incluso está en nuestros genes, nos acompaña pero no lo percibimos. Cambiar esta situación es una tarea difícil pero no imposible. Los datos siguen aflorando gracias a diversas acciones de investigación que se desarrollan en el Caribe, motivadas tanto por el interés de ciertos sectores de la sociedad, que se sienten vinculados con ese legado, como por representantes del mundo académico que, como en el caso del proyecto Nexus 1492, entienden que esta es una de las claves que también singulariza a la región del Caribe. Recuperar lo indígena no solo ayudará a entendernos mejor, sino que hará de nuestra diversidad un motivo más importante para estar orgullosos de nuestro ser.

Lavadores de oro en el río Ánima de República dominicana

Regreso al oro y minería tradicional

La minería artesanal actual, basada en lavado de arenas y sedimentos en los ríos para buscar oro, está conectada con la minería desarrollada en las primeras décadas de la colonización de las Antillas Mayores (siglos XV y XVI) principalmente en La Hispaniola y Cuba (países donde aún se practica), así como en Puerto Rico.

En República Dominicana se conservan y se usan objetos como las bateas de madera para lavar la tierra o las jícaras para depositar las pepitas, cuya forma es casi igual a los del siglo XV y XVI, algunos de los cuales aparecen en grabados de la época. Incluso persisten técnicas mencionadas por los españoles, como la búsqueda de oro en la noche, usando fuentes de luz que permiten distinguir el brillo de las pepitas.

Según documentos históricos de Cuba, aún en el siglo XVIII se reconocía que los indios tenían el conocimiento de los mejores lugares para buscar oro. En esa época y aun hoy, lavar tierra para buscar oro era una actividad realizada por las personas más humildes. Es significativo que varios de los lugares de Cuba donde se mantiene la tradición de búsqueda de oro en los ríos, como en Holguín, sean también espacios donde se registra la presencia de indios en los siglos XVIII y XIX, y donde persisten tradiciones artesanales, curativas y religiosas de base indígena.

En el caso dominicano lavar tierra para buscar oro aluvial constituyó y aún constituye una actividad económica básica para familias de las zonas de San José de Las Matas, Jánico, Ámina y Monción, por solo mencionar algunos espacios. Sin embargo, la mayoría de las personas que lavan tierra para buscar oro no entienden que esto tenga que ver con el pasado colonial ni con el trabajo de los indios.

Guanín, más apreciado que el oro

Los indígenas preferían el guanín (aleación de oro y cobre). Se cree que unas 12 toneladas de oro fueron enviadas a España desde las Antillas Mayores, entre 1503 y 1548. Se encuentra poco oro o guanines en los sitios arqueológicos indígenas porque estos generalmente no los incluían en los entierros como adornos u ofrendas, y porque el que había en uso fue expoliado por los españoles.

Objetos de guanín y oro recuperados en el sitio arqueológico El Chorro de Maíta, Cuba.


“De la desaparición a la permanencia” es el libro más reciente en la labor editorial de Valcárcel y Ulloa, publicado por el Fondo Editorial del INTEC con apoyo de la Fundación García Arévalo. La obra plantea que el Caribe fue reinventado o se inició dicho proceso tras la dramática e innegable destrucción de las sociedades indígenas y la modificación masiva de la ecología regional de la cual emergió un nuevo universo humano y cultural: un mundo mestizo en las prácticas culturales, económicas, gastronómicas, ambientales, religiosas y curativas, entre otras.
Jorge Ulloa Hung y Roberto Valcárcel Rojas son profesores del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del INTEC e investigadores postdoctorales del proyecto Nexus 1492 de la Universidad de Leiden.

Desde la gastronomía hasta el paisaje

Casa con influencias indígenas en la República Dominicana.

En la República Dominicana los casos de autoidentificación como indios tienden a ser menos conocidos que en Cuba, pero la persistencia de prácticas gastronómicas, curativas y el manejo de cultura material y técnicas agrícolas de base indígena parece ser mucho más fuerte.

Objetos en casa campesina cubana, muchos de ellos de origen indígena.

El casabe, casi perdido en la mayor parte de Cuba, es muy popular y ampliamente comercializado en la República Dominicana. También persisten los llamados corrales de pesca, una especie de trampa ampliamente descrita por los cronistas españoles en espacios indígenas, además de las formas y técnicas de colecta de las ostras o moluscos del manglar, junto a las materias primas y las formas de construcción de viviendas rurales, y la manera en que se selecciona y modifica el paisaje para ubicarlas. Es importante la permanencia de términos indígenas en la flora, fauna, geografía, y en otros muchos aspectos de la vida cotidiana, incluyendo nombres personales. Igualmente parece tener mayor relevancia la existencia de una cultura material impregnada de técnicas, formas de seleccionar, procesar y utilizar materias primas (fibras vegetales, maderas, barro, etc.) para elaborar objetos con orígenes indígenas que siguen teniendo peso en la vida cotidiana de las personas o en su defecto han comenzado a integrarse a una producción artesanal con fines más ornamentales. Otro aspecto esencial es la creencia en entes o espíritus indígenas que habitan en lugares como pozas o charcas (río Artibonito, en Bánica por ejemplo) y cuevas como la de San Juan, en Boca de Mana. En ellas los imaginarios locales perciben a los indígenas o sus legados culturales como parte de las propiedades curativas de ciertos paisajes, o dentro de un simbolismo ritual que revela de forma consciente o inconsciente su presencia en la actualidad. Las relaciones con africanos y sus descendientes también están documentadas, así como los esquemas de mestizaje, los cuales pretenden ser abordados en nuevos estudios.

Confección de casabe dominicano en San José de Las Matas.
Fotos: Ulloa Hung y Valcárcel Rojas.

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